18/9/14

Una historia para contar

    

TITULO: Una historia para contar
AUTOR: Gleinsmar marin

En una gran casa vivía una familia bastante sencilla, en la cual solo vivían un padre y su hijo, eran solo ellos dos, pero a pesar de ello se tenían el uno al otro y eso era todo lo que les importaba. No había mucha comunicación entre ellos pero de alguna forma se comprendían.
Un día cuando el chico jugaba y chateaba en su computadora se fue la luz eléctrica, la claridad de la luz del sol entraba por las ventanas iluminando la casa pero no había electricidad por lo cual no podía hacer nada de lo que le apetecía, aburrido el joven salió de su habitación, bajando por las escaleras hasta la sala de estar vio a su padre sentado en el sofá con la mirada perdida en algún punto imaginario, no estaba acostumbrado a ver a su padre así , normalmente siempre ha sido un hombre muy ocupado y concentrado siempre en un objetivo específico ,por lo tanto nunca se distraía, su mirada nunca antes se había perdido salvo por un día que no le gustaba recordar .  
-¿Qué sucede?- preguntó el chico a su padre.
El padre del joven pestañeó saliendo de su ensoñación  y fijó su mirada en el chico quien tenía el ceño fruncido con preocupación y extrañeza. Tenía un libro en sus manos, la portada estaba desgastada en las orillas y las hojas estaban amarillentas por las huellas del tiempo. En la portada se podía leer el nombre ´Romeo y Julieta´, el chico no entendió que hacia su padre con un libro para chicas.
-Nada, solo estaba recordando el pasado. – respondió el hombre rascándose la nuca distraídamente.
Su hijo lo miro por un momento, nunca antes había visto a su padre tan distraído, a excepción del día en que su madre decidió irse dejándolos sin ninguna explicación y con un vacío que se las arreglaron para llenar ellos mismos.
- ¿Pensabas en mamá?
-No, en realidad no.  Recordaba una cosa maravillosa que me sucedió a tu edad. Aunque seguro tienes mejores cosas que hacer que escuchar a tu viejo padre hablar sobre su adolescencia.
-En realidad no.
Su padre sonrió complacido.
-Temía que dijeras que sí.- El hombre respiro profundo antes de comenzar a contar uno de sus recuerdos más valioso:
 Estaba en la secundaria, era un chico un poco solitario aunque muchas de las chicas me sonreían y me saludaban, era bien parecido y estaba en el equipo de basquetbol de nuestra secundaria. Para entonces yo no creía en el amor, pues  pensaba en todas esas chicas que conocía y no haber sido capaz de enamorarme de ni una sola de ellas.  Se suponía que enamorarse era fácil. Quizás era el único chico que pensaba en el amor. No podría saberlo.  Pasó demasiado tiempo hasta que perdí la esperanza de encontrar a alguien que pudiera ser la chica de mi corazón, al menos fue demasiado tiempo para mí.  Llegué a la conclusión de que el amor solo era una pérdida de tiempo. Ese era mi pensamiento más valioso. No sé qué tenía yo con todo eso del amor, tal vez solo era un chico muy solitario que buscaba a alguien con que valiera la pena compartir parte de su vida, hacerla parte de ella. En fin, un día se me hizo tarde en la práctica de basquetbol, así que llegaría a casa un poco más tarde de lo normal. Recuerdo que ese día perdí el bus, por lo que tuve que ir a pie, no sin antes soltar algunas maldiciones. A mitad de camino a mi casa estaba un poco distraído escuchando música en mi teléfono así que me sorprendí cuando tropecé con algo que tenía en frente que resultaba ser una mochila, caí al suelo soltando más maldiciones. Para aquel entonces solía ser un poco grosero.
-¿Estas bien?- me preguntó una voz femenina, era algo aguda pero suave.
Me levanté del suelo enojado con la mirada fija en mi celular que también  había caído al suelo y ahora tenía un gran rayón en la pantalla, respondí con brusquedad:
-No, no estoy bien, ¿es que acaso no te fijas donde dejas tus cosas?
-¿Y acaso no te fijas tú por dónde caminas?, en mi opinión no.-contratacó ella.
Levanté la mirada hacia la chica listo para decirle lo que pensaba sobre su opinión cuando vi sus ojos, nunca había visto unos ojos tan bonitos, no tenían nada de extraordinarios eran de un tono castaño tan oscuro que casi parecía negro, pero aun así había algo en ellos que me dejaban sin aliento y hacían que mi corazón se acelerara. Tenía un precioso  cabello rizado que le caí en cascada por la espalda y que al sol lanzaba destellos rojizos, su piel era tan pálida que me recordaban a la nieve, y en su rostro se podían ver una serie de pecas que me daban ganas de besar una a una, no eran pocas pero tampoco demasiadas, solo la cantidad justa de ellas. Abrazaba contra su pecho un libro que no puede identificar. La chica tenía el ceño fruncido y a mí se me había olvidado lo que iba a decir. (Di algo) pensé, pero en cambio me quede embobado con la boca abierta y la mirada fija en ella.
-¿Qué? Fuiste tú el que comenzó. –Dijo ella-  Además no fui yo el que soltó un mar de maldiciones solo por estar lo suficientemente distraído como para tropezar con una mochila que claramente está a mis pies por lo que es fácil de ver.
Pestañee un par de veces antes de responder:
-Eh, lo siento.
-Sí, bueno, supongo que también fue culpa mía en parte.
- ¿En parte? – pregunté con las cejas arqueadas.
-Sí, en parte- respondió ella con obstinación. Era demasiado orgullosa.
Le sonreí y le tendí la mano presentándome:
-Me llamo Derek, por cierto.
Ella observó mi mano antes de sonreír y responder:
-Mieve- Y estrechó mi mano.
-¿Mieve? ¿Qué clase de nombre es ese?- pregunte burlón sin soltar su mano.
- La  clase de nombre que recibes cuando le recuerdas a tu madre a Blancanieves pero que a la ves quiere un nombre original para su bebe.
-Bueno, tenemos que mostrarnos agradecidos entonces- dije sonriendo, ella ladeo un poco la cabeza confundida, mi sonrisa creció al explicarle- De haberte puesto el mismo nombre que esa princesa hubieras tenido que huirle a las manzanas toda tu vida y no hubieras podido aceptar mi oferta de ir conmigo por una manzana de caramelo.
Su rostro se ruborizo y dijo:
-No sé si estar sorprendida por tu originalidad de la idea de una cita o tener un poco de lastima por ese chiste tan malo.
Fingí estar ofendido
-Auch, supongo que debo practicar en mis bromas pasando un poco de tiempo contigo hasta que haga alguna que te haga reír. Pero haré ese gran sacrificio por el bien de mi orgullo.
Ella sonrió y se ruborizo aún más.
-Sí, tienes un orgullo bastante grande, pero ya que lo he herido lo menos que puedo hacer es el sacrificio de pasar tiempo contigo.
-Por mi está bien. Entonces, Mieve, ¿Te apetece una manzana?
-Mejor  un helado.-Respondió sonriendo y fijando su mirada en nuestras manos que hasta ahora no se habían soltado.
El orgullo y mi obstinación me habían hecho pensar que el amor no existía realmente, pero ahí estaba el destino demostrándome que me equivocaba , cruzando mi camino con una hermosa y encantadora chica llamada Mieve que me enseñaría lo que es el amor.
Salimos por varios meses antes de que nuestra relación se convirtiera en algo serio. Pero, ella nunca se permitía disfrutar realmente de los momentos tan maravillosos que pasábamos juntos, siempre tomaba distancia, y cuando yo intentaba besarla ella se apartaba, aceptaba que la abrazara pero no me permitía besarla y eso me frustraba un poco.  Aun así tenía la esperanza de que me dijera que le sucedía, porque yo sabía que algo le pasaba.
El día de san Valentín habrían pasado ya seis meses desde que la conocí, quería hacer algo especial para ella así que esa noche la lleve a un lugar que era especial para mí, era un prado en el que no habían casas cerca por lo que era difícil oír el ruido de la ciudad, era un sitio ideal para relajarse o para olvidar todo.  Yo quería olvidar todo excepto a ella. Cuando descubrí ese prado se lo mostré a mi madre y ella había obligado a mi padre a hacer un mirador de madera para hacer reuniones de té con sus amigas, ya sabes que tu abuela es muy caprichosa. Afortunadamente no lo utilizo mucho pues lo suyo no era estar en el aire libre, por lo que el mirador paso a ser todo mío.
Yo sabía que le gustaría porque ese prado estaba lleno de flores silvestres y con árboles alrededor. Mieve amaba la naturaleza.  Utilicé las sillas y la mesa que mi madre había dejado ahí desde su última reunión, coloqué un mantel blanco sobre la mesa, y serví la comida que consistía en espagueti, era su comida favorita,  y en las copas que saqué a escondidas de la vitrina de mi madre serví un poco de Coca-Cola ya que a Mieve no le gustaba el vino, ella llegaría pronto, así que me si prisa. En todas las vallas del mirador enrosque luces blancas como las que se utilizan en navidad, había anochecido ya y el mirador resaltaba por toda la luz de las bombillas de las pequeñas lucecitas. Y por último en el centro de la mesa coloqué un sencillo florero de cristal con una única rosa roja en él.
Justo en el momento en que llego Mieve, yo encendí la música. Ella salió de su auto con la boca abierta y lágrimas en los ojos.
-¿Esto es para mí?- preguntó aún asombrada.
Yo camine hacia ella, tome su mano y la lleve a sentarse en la mesa que estaba dentro del mirador.
-Solo para ti- respondí.- Feliz día de san Valentín.
-No era necesario que hicieras todo esto por mí.- dijo con la mirada fija en su plato y el rostro ligeramente ruborizado.
-¿Cómo no lo haría? Te has convertido en la persona más importante para mí. Haría esto y mucho mas solo por ti.
Ella no dijo nada pero puede ver una sonrisa en sus labios.
Cenamos nuestro espagueti y platicamos sobre su sueño de ser artista, ella quería hacer ilustraciones de novelas románticas sin importar si eran famosas o no, amaba leer y le encantaba la idea de enseñarle al mundo la magia que había en los libros sin necesidad de que estos tuvieran que abrir el libro para que quisieran leerlo, su idea era hacer una increíble portada e ilustraciones en cada página. También platicamos sobre la beca que me habían dado en Georgetown, aunque a mí no me hacía muchas ilusiones ya que quedaba lejos y se me complicaría ver a Mieve.
-Debes ir.- Insistió ella.
-Aún me lo estoy pensando- le dije para tranquilizarla.
-Es una gran oportunidad, y además es una beca, tienes que ir.
-Me decidiré luego. Esta noche quiero bailar contigo.- le ofrecí la mano y ella la tomó, nos levantamos y empezamos a bailar una canción lenta que acababa de comenzar.
Enterré mi rostro en sus rojizos rizos e inspire su dulce aroma a canela.
Yo sabía que había encontrado el amor que por tanto tiempo había buscado…Lo que no sabía era que me lo arrebatarían en tan poco tiempo.
-Te amo, Mieve.- le susurre al oído.
Y entonces, ella comenzó a llorar.
-Derek, tengo que decirte algo- confesó ella entre sollozos.
El padre del chico se interrumpió por un momento, tenía la cabeza gacha por lo que no podía verle el rostro y los hombros caídos como si estuvieran cargando un gran peso.
-¿Qué sucedió, papá? –Preguntó el joven.
Derek inspiro profundamente y continúo con su relato:
-¿Sucede algo?- le pregunté apartándome un poco para verle el rostro, dejamos de bailar y limpie sus lágrimas con mis manos.
-Derek…yo…estoy enferma…
-No digas eso-la interrumpí creyendo que se estaba ofendiendo.
-No, es en serio, sufro de una enfermedad desde que era una niña. Una enfermedad que me ha estado matando poco a poco con el paso de los años. No tiene cura.
-¿De qué hablas?- le pregunté, no podía creer lo que me decía.
-Hablo, Derek, de que moriré pronto. Tal vez solo tenga un par de días…
-No, no…no es cierto…-murmuré aterrorizado. Fue entonces que comprendí porque intentaba tanto alejarse de mí todo el tiempo que la conocí, ella solo no quería hacerme daño, sabía que moriría pronto y no quería que su partida me hiriera.
-Lo siento- susurró y salió corriendo hacia su auto.
No lo dude. Corrí tras ella.
La tome de la mano y la apreté en mis brazos.
-No me abandonaras, no ahora, no cuando aún tengo tiempo para estar contigo.
Como si el momento necesitara ser más dramático empezó a llover, y la lleve conmigo a mi camioneta que estaba más cerca que su auto. Nos sentamos en el asiento trasero. Le aparte el rostro de la cara y la bese.  Fue la primera vez que la besaba, también fue el mejor beso de toda mi vida…
No hicimos nada más que eso, no tuvimos sexo, solo la bese. No hacía falta nada más.
En ese momento nada más importaba, solo ella y yo.
-Te amo, Derek.- susurró ella.
-Y yo te amo a ti, Mieve.
Se hizo tarde y nos quedamos dormidos en mi camioneta, con la lluvia cayendo fuera, las estrellas iluminando el oscuro cielo, y el amor de mi vida soñando entre mis brazos.
El chico estaba tan concentrado escuchando la historia de su padre que no se había dado cuenta que ya había llegado la luz y que afuera estaba anocheciendo. No quería formular la pregunta que había estado rondando en su cabeza desde que su padre Derek había iniciado la historia, pero se llenó de valor y preguntó:
-¿Qué pasó con ella, papá?
Su padre vio a su hijo a los ojos por primera vez desde que había iniciado a contar su recuerdo de la adolescencia. No pudo contener las lágrimas cuando respondió:
-Amaneció muerta entre mis brazos al día siguiente de san Valentín.
Su hijo permaneció en silencio temiendo que si decía algo rompería a llorar con su padre. Derek continúo:
-No te conté todo esto para que le temieras al amor o le huyeras. No me arrepiento de haber conocido a Mieve, ni a tu madre que también es una mujer encantadora a pesar de lo que hizo. Te conté todo esto para que veas que la vida a veces hace cosas terribles pero que aun así no debemos rendirnos, debes ser fuerte porque el futuro te puede llegar a sorprender, ser paciente para esperar el amor que tarde o temprano llegara a ti y feliz para disfrutar de cada momento que la vida te ha regalado. Aunque le ruego y le pido a Dios para que no tengas que aprender todas estas cosas como yo lo hice.
El muchacho no aguantó más y rompió a llorar junto a su padre a quien abrazo.
Se oyó un ruido sordo y ambos voltearon a ver el suelo a ver que era el origen del ruido.
En el suelo yacía el libro que se había caído del regazo de Derek cuando este se levantó a abrazar a su hijo.
El chico recogió el libro de Romeo y Julieta.
-Era de Mieve, esta es la única novela que pudo ilustrar.
El muchacho abrió el libro y quedo asombrado por los maravillosos y delicados dibujos que Mieve había pintado en el margen de las hojas.
-Vaya, tenía talento…-admitió el chico devolviendo el libro a su padre.
-Un gran talento –dijo Derek tomando el libro en sus manos. Vio la hora en su reloj y al ver lo tarde que era añadió- ¿Por qué no pides una pizza para la cena mientras yo enciendo la televisión para ver el partido de Basquetbol?
Aliviado por terminar con lo sentimental y hacer algo que acostumbraba hacer con su padre el chico acepto su oferta y fue a la cocina a pedir la pizza.
Derek miro por un momento el libro y luego salió un momento al jardín trasero para cerrar la puerta de vidrio que había dejado abierta, pero antes de que lo hiciera una fuerte brisa paso en ese momento alborotándole el cabello y haciendo volar las páginas del libro de romeo y Julieta hasta la última página en la cual Mieve había escrito hace mucho tiempo algo que creyó que nadie vería, ni siquiera el mismo Derek: te amo, Derek.
-Y yo te amo a ti, Mieve- Susurró Derek antes de volver a adentro de la casa añadió- mi corazón jamás te ha olvidado y jamás te olvidara.
FIN

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